Una carta abierta a mis primos españoles:

abril 22, 2010

El autor con una becera de Saltillo en la finca de Enrique Moreno de la Cova (Foto: Nicolas Haro)

(English translation below on English version of blog here)

Hace dieciocho meses, escribí un largo ensayo para una revista en mi país natal, Reino Unido, acerca de La Fiesta Nacional de España. Era una discusión sobre la ética de las corridas de toros. No argumentaba que la corrida de toros era una cosa buena o incluso una justificada. Lo que decía, era que los británicos no pueden sentarse, tan tradicionalmente a comer “roast beef” los domingos, ver los tradicionales documentales de la BBC en el que los búfalos son destrozados por leones para regocijo del público, y acto seguido, tachar de bárbaras las corridas de toros de sus primos españoles. Hacer esto sería caer en la mejor de las hipocresías y en la peor de las xenofobias.

Este artículo ha creado tal polémica a ambos lados del debate, que mi agente literario me conminó a escribir un libro acerca de las corridas de toros de inmediato. Desde entonces, estoy viviendo entre ustedes.

He visto y hecho muchas cosas extrañas y novedosas para un hijo de mi tierra desde que estoy aquí, entre ellas, mi instrucción con el matador retirado Eduardo Dávila Miura, con la intención de enfrentarme a un novillo de Saltillo próximamente. De esta forma, podré decir honestamente que he cubierto todo el campo del mundo de la tauromaquia. La única cosa que no esperaba hacer, era repasar los mismos argumentos ante un público español. Sin embargo, dada la crisis cultural que parece estar ocurriendo entre los flecos de la económica, pensé que debía echar una mano. Muy especialmente, a raíz del artículo de mi buen amigo Adolfo Suárez Illana en El Mundo hace unos semanas. (Reproducido en su blog aquí.)

Adolfo Suárez Illana toreando en Castellón con el autor en el callejón (Foto: Carlos Cazalis)

A pesar de la coherencia del argumento central de Suárez Illana, y la elegancia de su fraseo, creo que, como tantos otros, está en peligro de caer en la trampa de convertir lo que es un debate cultural en una guerra política, creando una división, a mi juicio innecesaria. Eso es, exactamente, lo que la minoría deshonesta de entre nuestros esencialmente bienintencionados hermanos anti-taurinos quieren. La trampa es la de la promoción de la corrida de toros como un espectáculo emblemático de la España tradicional, conservadora y católica. Suárez Illana, tan espectador como protagonista, lleva las corridas de toros en su corazón como una forma de arte singular y rabiosamente española. Una lidia de toros es el producto momentáneo de la interacción entre un toro y un hombre solo, con la muerte mirando. Sin embargo, la lidia de toros, en general, es el producto eterno de la interacción entre la cultura española y el suelo de esta tierra. En las palabras de otro aficionado verdadero de la lidia: “No es casualidad todo el arte español ligado con nuestra tierra, llena de cardos y piedras definitivas”. Ni que decir tiene que su autor, Federico García Lorca, no compartía su política con la extrema derecha de Francisco Franco, ni con el democratismo de centro-derecha de Suárez Illana y su padre.

De igual importancia: aunque el arte siempre es singular en su creación, es también siempre universal en su atractivo. Toda persona que tiene pulso, que ha sentido el dolor, conocido el miedo y contemplado la muerte puede ser asombrado por el poder de una corrida de toros.

Si usted está disgustado o encantado por su cruda verdad es un asunto personal, como lo es si puede su estómago digerir la sangre implacable de la obra Tito Andrónico de Shakespeare o de La Numancia de Cervantes. Sólo tiene que pensar en esas obras maestras al leer las palabras de Profesor Herrero Brasas, que fueron impresas en contraposición a las de Suárez Illana en El Mundo:: “Siempre me he preguntado qué tipo de persona hay que ser para disfrutar y aplaudir mientras se ve como se desangra un animal que ha sido públicamente acuchillado. Es algo que verdaderamente me causa una enorme perplejidad.” Uno debe preguntarse si este hombre no ha visto alguna vez lo mismo en el teatro, la ópera, el ballet o el cine. El presidente del Conservatorio de Nueva York – lugar donde me formé en la actuación- Marlon Brando, hizo toda su carrera a base de infligir un gran sufrimiento psicológico para el placer de otros, desde Un tranvía llamado deseo a El último tango en París. De esta última película, Brando llegó a decir de sí mismo: “fue necesaria una gran cantidad de lucha emocional a brazo partido conmigo mismo, y cuando se terminé, decidí que a mí nunca más me iba a destruir emocionalmente hacer una película.”

Por supuesto, se puede argumentar que el animal, a diferencia del actor, no tiene otra opción en el asunto y que sufre una muerte real, no su simulacro dramático. Y la respuesta a esta protesta se ve en cada matadero de Europa. Con razón o sin ella, para todo el ganado, incluidos los descendientes domesticados de los uros extintos, vivir y morir es un capricho humano. Si nuestro argumento es sobre el vegetarianismo – o su hermana más puritana: veganismo – entonces pongamos ese argumento al aire libre de forma honesta. No en alguna guerra sucia por poderes acerca de la lidia de toros. Yo mismo tuve que intercambiar miles de palabras de discusión con Jordi Casamitjana, uno de estos señalalados anti-taurinos catalanes que trabaja en Londres, antes de que admitiera que era un vegano que ni siquiera aprobaba la tenencia de mascotas.

Alguna vez creí que el vegetarianismo era el único camino éticamente correcto; llegué a pesar que yo era demasiado débil para seguir. Recuerdo claramente el día que vi el error en mi razonamiento. En ese momento yo estaba haciendo un postgrado en filosofía en la Escuela de Economía de Londres: era un miembro activo de Greenpeace y WWF. (Comencé mis estudios como un biólogo de pregrado en la Universidad de Oxford.)

La idea que puso fin a todo esto se me ocurrió durante un acalorado debate: si el sacrificio de animales era intrínsecamente malo, en caso de ostentar el poder, no sólo debemos dejar de matarnos a nosotros mismos, sino también evitar que se maten entre ellos, en correlación a un principio ético que no obliga tratar de evitar que los animales maten seres humanos. Esta idea me parece no sólo absurda, sino claramente obscena. Mis amigos católicos me bautizaron como “Iglesia de Inglaterra”. Aún así, y a pesar de abandonado la fe hace mucho tiempo, espero con interés el día quese predijo en el libro de Isaías: “morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos”. Yo personalmente no lo haría ¡si no están todos de acuerdo en comer queso de soja.

Durante la investigación para mi libro, he pasado tiempo en las fincas donde el ganado de lidia se cría. Ya me he enfrentado a algunos de los más pequeños en las plazas de tienta de Fuente Ymbro, Samuel Flores y Saltillo, todo bajo la atenta mirada de maestros como Miguel Ángel Perera, Finito de Córdoba y Juan José Padilla. Estas fincas son paraísos en comparación con las condiciones en las que se desarrollan los ganados de carne y leche. Y los toros bravos viven tres veces más tiempo. En cuanto a la muerte, sí, puede ser cruel, pero aquí está la verdadera cuestión: ¿Prefiere una corta vida en prisión, seguidos de la silla eléctrica, o una larga vida en libertad condicional, seguida de muerte en la arena de los gladiadores? Yo sé que escogería para mi. Y el único propósito de siglos de cría selectiva ha sido asegurar que los toros elijan como yo.

La otra cuestión es lo que cualquiera imagina sustituirán a estos refugios para la fauna y flora que forman un porcentaje significativo de la campiña española. Cierre las plazas de toros históricas, o -como Barcelona hizo con Las Arenas- convertirlos en centros comerciales, y lo que queda del paisaje natural de España se convertirá a los terrenos baldíos de la agricultura industrializada. En palabras del historiador romano Tácito acerca de esas formas de “progreso”: “Hacen un desierto y lo llaman paz”.

Al final, esto no es una cuestión de derecha o izquierda, de ricos o pobres, de católicos o humanistas, de realistas o republicanos. Papas y Reyes han prohibido las corridas de toros, mientras que los campesinos y los poetas han cantado sus alabanzas.

¿Dejando a un lado los gustos de la realeza y la metafísica de los líderes religiosos, por qué renunciar a un espectáculo? No se avanza por el abandono de su herencia, sino por la construcción sobre ella. Hay algo de diabólico en los que tan descuidadamente intentan derribarlo, algo que ni siquiera a un ateo como yo le puede agradar.

Para los que dicen que matar a los toros es como asesinar a mujeres: elevar a los animales a la condición moral de los seres humanos, no es sino denigrar a las mujeres a la de mero ganado. Existe en sus polémicas un celo revolucionario que es aterrador sea cual sea su ideología. Era el fervor de este tipo que terminó en las zaristas purgas y la guillotina, el campo de concentración y el archipiélago Gulag.

Adolfo Suárez Illana (Photo: Carlos Cazalis)

Adolfo Suárez Illana toreando un toro de Samuel Flores en Castellón (Foto: Carlos Cazalis)

© Alexander Fiske-Harrison 19 de april 2010

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