El comienzo…

junio 4, 2011

El origen de mi libro era este artículo en el Reino Unido para la revista…

Issue 150 – 28 de de septiembre 2008

Una muerta noble

Alexander Fiske-Harrison

La corrida es considerada por muchos un acto cruel. Pero no es simplemente un espectáculo chillón de circo; en su mejor forma es una modalidad artística. ¿Puede la estética justificar el sufrimiento de un animal?

Los acontecimientos siguientes ocurrieron el día 19 de abril de 2007, el segundo día de la Feria de Abril en Sevilla, en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería.

El toro entra en el ruedo al trote, una fanfarria de trompetas se desvanece en el fondo. El toro parece indeciso, sus ojos recorriendo el ruedo.

Sus criadores le han nombrado Borgoñés. Llegó a la ciudad la noche pasada desde los pastos de la finca de Victorino Martín, situada en el centro-occidental de España, 80 kilómetros de la frontera de Portugal. Aquí, en esta mezcla de pasto, maleza y bosque, Borgoñés aprendió a utilizar sus cuernos y formó su masa de 550 kilos de musculo y hueso. Ahora que está solo por la primera vez en su vida, las restricciones en sus instintos más fieroses tán eliminadas. Situados en los bordes del ruedo circular, unos 50 metros del toro, esperan tres banderilleros: compañeros y empleados del matador vestidos en trajes de menor grado,cada uno equipado con un capoteen sus manos, con un lado de color rosa, el otro de amarillo. Agitan los capotes desde la seguridad de losescondites de maderalocalizados en la barrera del ruedo hasta que Borgoñés embiste y cruza el ruedo, eligiendo su blanco. El toro no para hasta que choca contrael escondite, el hombre detrás fuera de peligro, mientras Borgoñés da golpes una y otra vez contra la madera, astillas volando. Borgoñés ha demostrado que es rápido en tomar el señuelo, que embiste recto, sin vacilar ni piafar el terreno, y que favorece el pitón derecho.

El matador entra en el ruedo andando, un hombre poco atractivo de 33 años, de figura delgada y deactitud serena. Manuel Jesús Cid Salas, o “El Cid,” nació en un pueblo pequeño en las afueras de Sevilla llamado Salteras. Agita el capote y el toro se da la vuelta, levanta su cabeza grande con sus cuernos anchosy el músculo vastoque usa para cornear, el morillo, se inflama encima de sus hombros a un tamaño que sobrepasa alguna otra raza de toro en el mundo. Y luego embiste. A diferencia de su cuadrilla, su equipo de compañeros, El Cid no se esconde pero se mantiene en sus trece, su espalda recta, el capote extendido en ambas manos a la derecha del cuerpo, y los pies juntos, y espera a Borgoñés. Borgoñés está fresco, la distancia es considerable, y el toro alcance los 50 kilómetros por hora al llegar a El Cid. El Cid da un pequeño movimiento del capote, y Borgoñés toma el señuelo móvil en vez del hombre estacionario y pasa por élcon gran estruendo, sus pitones bajos hacia donde ocurrió el movimiento, el capote rozando su cara en una verónica perfecta, nombrada así por la Santa del mismo nombre que enjugó la cara a Cristo en el camino al Gólgota.

Borgoñés sale frustrado del otro lado del capote porque su pitón no encontró el oponente, y se gira dentro de un espacio que mide el doble de la longitud de su cuerpo. El Cid cambiasu posición para recibir a Borgoñés con otra verónica, tan limpio como la primera, los pitones pasando unos 45 centímetros de su cara al mismo tiempo que Borgoñés salta al aire al llegar al capote, intentando saciar su furia en carne viva. El público ya impresionado por la primera verónica grita un “¡olé!” para la segunda. Otra vez Borgoñésle pasa,otra vez el público ruge, otra vez Borgoñés se da la vuelta,otra vez le pasa,ésta vez sólo 30 centímetros los separan, se da otra vuelta,vuelve, y ésta vez El Cid se envuelve las caderas en el capotemientras Borgoñés lo sigue, y se enrosca el toro a su cuerpocon una media-verónica. Por un momento breve, tras eldespliegue creciente de riesgo y destreza de las verónicas, estamos presentados con la visión de un hombre, estacionario, en medio de una furia circunvolando, llevando este gran bestia como un cinturón, el público aclamando, hasta que Borgoñés, conducido por su propio momento de la embestida, está obligado a pararpor intentar darse la vuelta dentro de un espaciomás cortodela longitud de su propio cuerpo. Deja al toro jadeando, mirando hacia El Cid a una distancia de tres metros, quien está quieto, de espaldas al toro. El Cid recibe su aplauso del público y así termina la parte llamada “la suerte de capote,” la primera mitad del primer acto de la corrida llamado“el tercio de varas.”

Ahora El Cid ha aprendido que Borgoñés es un toro que está verdaderamente en la flor de su vida, poseedor de rapidez, resistencia y coraje, pero sin la agresividad excesiva que lo haría imprevisible yautodestructivo. Tiene inteligencia suficiente para seguir el capoteen estos pases—que han sido refinados durante 250 años—pero no tanto que ha aprendido distinguir entre el hombre y el capote durante la primera parte de la lidia. Después de todo, es muy probable que este toro no haya visto nunca a un hombre andando la tierra, sus criadoresen la finca estandosiempre montados a caballo. Sin embargo, está aprendiendo. En algún momento,inevitablemente, verá al hombre.

***

Una fanfarria de trompetas anuncia la segunda parte del primer acto del drama. Las puertas se abren y salen dos caballos grandes al trote, aún más grandes por su armadurade 8 centímetrosde algodón comprimidorecubierto con cuero y lienzo, que envuelveel cuerpo. A los caballos les cubren los ojos para que no vean a Borgoñés—mantenidoen su lugar por los capotes de los banderilleros—los jinetes vestidos del traje poco favorecedordel picador. Aunque hay dos picadores en el ruedo, es él que está lo más cerca del palco presidencial, en la sombra del ruedo, al que el toro está dirigido .Hoy el picador es José Manuel Espinosa. El toro está alineadopor El Cid para que esté mirando al caballo,cinco metros dearena despejada entre ellos. Espinosa se mueveen la silla de montary llama “¡Toro!”,y la visiónsensible amovimientode Borgoñés fija la miradaen el blanco alto y montado, y embiste.Espinosa avista la longitudde su lanzapara llegar almorillo encima delos hombros del toro, y en el momento que los cuernos del toro golpeanla ijadadel caballo, raspando ineficazmente el relleno, la puya entra hasta el travesaño, unos 10 centímetrosenla masa de musculo, todavía bien alejado dela caja torácica y la columna vertebral de Borgoñés. Borgoñés no se estremeceante la lanza,ni pausaen su ataque, y si no fuera por el travesaño, Borgoñés seguramente clavaría la lanza hasta atravesar su propio tórax.En cambio,introducesus cuernos por debajo de la masa central del cuerpo del caballo, y como una carretilla elevadora, empieza a levantar al caballo y el jinete, la armadura y todo—unpeso combinado de casi650 kilos. Espinosa se inclina hacia el toro, arriesgando caerse encima de los cuernos en el caso de que pierda el equilibrio, presionando con la puya, sin girarni reintroducirla, como hacen algunos picadores para causar más daño al musculo que resulta en mayor pérdida de sangre, pero intentando forzar al toro a retirarse. Sin embargo, ambos el caballo y el jinete pierden el equilibrio y se caen, y los banderilleros y matadores—no sólo El Cid pero los otros dos matadores,Salvador Cortés y Pepín Liria—intervienen con capotes para distraer al toro, lo que consiguen rápidamente.

El caballo se levantasin ayuday, sorprendentemente, ileso. Espinosa monta el caballo otra vez, Salvador Cortés alinea al toro con un manejo elegante del capote, y el toro está picado otra vez más, ésta vez más ligeramente como que estáun poco sin aliento por el duro esfuerza que ha realizado, y el murillo ha perdido fuerza debido al castigode la lanza. Luego las trompetas atronany el primer acto del drama ha terminado, por decreto presidencial. Los caballos salen del ruedo, Espinosa recibe aplausos al pasar por las puertas por no haber arruinado (a los ojos de la afición) un toro tanheroico.

Borgoñés está quieto,recuperando el aliento. Le han probado su fuerza yresolución .Lleva la cabezamás por abajo,está sangrante, pero muy incólume. Ahora es el momento en que los banderilleros de El Cid se lucen, en “el tercio de banderillas”. Las banderillas miden 70 centímetros, con un hierro en un extremo a modo de arpón, con astas de madera adornadas con papel picado de diversos colores. La destreza requerida del hombre aquí es doble. Primero, tiene que citar al toro para que embista en una líneaque inter secacon su propia trayectoria semicircular en el momento en que puede inclinarse encima de los pitones para colocar las banderillas y pasar por el toro sin que le coja. O por lo menos este es el método de costumbre. Como con todo que pasa dentro del ruedo,existen reglas que sonir rompibles, pero otras reglas que son simplemente tradiciones que el público disfruta ver rotos o innovadoscon arrojo y destreza. El segundo tarea de los banderilleros es colocar las banderillas de tal manera que ajusten la embestida del toroa una línea más recta, negando supreferencia hacia un pitón,o por lo menos reducirla para que no engancheal llegar a su blanco. Las banderillas están bien colocadas por el equipo de El Cid, y el segundo acto pasa como tantas vecesen el teatro, necesario para el desarrollo de la trama y el personaje, pero si nla novedad y energíadel primer acto, niel patetismo y esplendor del último.

***

Suenan las trompetas y ahora empieza “el tercio de la muerte.” El Cid entra en el ruedo y anda hasta el centro, acompañado por los aplausosde los espectadores. El estadiode Sevilla—el segundo en edad en España, después de Ronda, datando de 1749—está repleto a capacidad de 12,500 personas, así que actuar el acto final en el centro—más que en la sombra cerca de los asientos más caros—es un acto democrático. Sin embargo, también significa que el matador está lejos de seguridad si estuviera caerse, estar volteado o perder la muleta. Su cuadrilla con sus capotes para distraer al toro están lejos, y una vez que un toro está encima de un hombre, empujarácon los pitones hasta que juzgue que el objeto de su furia está muerto. La única protección que tiene El Cid es el pequeño estoque del matador en la mano derecha, y la muleta roja en la mano izquierda. La muleta es más pequeña que el capote con un palo dentro que facilita agarrarla con una mano. (El color es rojo paraocultar la sangre derramada de quien sea, los toros siendo daltónicos).

Borgoñés está observando a El Cid. Unos diez minutos han pasado desde que el toro entró en el ruedo, durante que ha experimentado varios cambios físicos y psicológicos. Lleva la cabeza considerablemente más porabajo, y su embestida es más despacio, y ya menos frecuente. Ahora es más sabio, y en su forma más peligrosa. El toro ha marcadoquerencia cerca de una de las tribunasen la sombra. Una querencia—o guarida—es un sitio donde el toro se siente seguro y a donde vuelve si dado la oportunidad. Hace siglos, cuando las plazas de toro seran cuadradas (las corridas de hoy nacieron de eventos espontáneos, brutales y sin arte que tuvieron lugar en las plazas pequeñas de los pueblos con las salidas cerrados con barricadas), elegirían los rincones. En la actualidad, el toro marca querencia en el sitio donde ha desarrollado una asociación reconfortante, en este caso, donde volcó al caballo. Cuando en este lugar, está en su forma más imprevisible.

El Cid introduce el punto de la espada en un extremo de la muleta, y con la mano izquierda en la cadera, el pie izquierdo adelante, cita al toro con la clásica postura del matador, y le llama, “¡Toro! ¡Toro!” Borgoñés embiste, más despacio ahora, los pitones siguiendo la parte inferior de la muleta por la arena, y El Cid se gira despacio, la muleta fluyeen un arcovago, llevandola vastedad del toro alrededor de su cuerpo.

El toro le pasa y se da la vuelta,listo para embestir otra vez con el aliento recuperado. El Cid no se vuelve hacia el toro, pero apenas echa un vistazopor encima del hombro,deja a Borgoñés embestir hacia su espalda sin protección, y en el último momento comienza el perfecto movimiento curvado de la muleta al revés .El toro toma el señueloy pasa por el hombre, esta vez un poco más cerca, las astas de las banderillas chacoloteando contra los muslos de El Cid. El toro se da otra vuelta. El Cid saca el estoque de la muleta y cita al toro con la tela roja en la mano izquierda, el estoque en la derecha—un natural con la mano izquierda, el pase de los puristas, ejecutado clásicamentea la altura del pecho, el toro aún más cerca, la ijada trasera del toro rozando el pecho de El Cid, dejando vestigios de sangre sobre el traje de luces. Una y otra vez, más y más cerca, el público gritando el “olé!” con cada pase, El Cid construyela tanda deretablo movedizo de hombre y toro,terminando con un pase de pecho, que, por obligar al toro girarse más rápidamente que es capaz, le deja inmóvil a un metrodel hombre. El Cid levantael estoquey azota el polvo y al aire a saludar al público, al toro y al día que le dio la oportunidad de realizar tal faena, tal despliegue. Pero Borgoñés todavía no ha terminado.

El Cid se vuelve de nuevo hacia su oponente, pideque empiece el baile, y Borgoñés está dispuesto a colaborar. Y se giran uno alrededor del otro, la banda tocando un pasodoble en el fondo, el animal rodeando el hombre, como las manecillas de un reloj (parafrasear ladescripción del día del crítico de El País, José Suárez Inclán), y con cada natural del serie dramáticamente construido, los cuernos del toro se acercan más y más al pecho de El Cid, hasta que rozan la seda del traje, dos veces,el pitón pasando nada más que 5 centímetros de su corazón palpitando. Ahora el público está en pie, aclamando cada pase mientras hombre y toro se convierten en un instrumento que gira sobre su propio eje. Tiene que terminar, y termina a los órdenes de El Cid. Borgoñés está quieto, jadeando y acabado. Los 15 minutos que la ley española exponeque un toro puede viviren el ruedo están llegando a su fin, y la tragedia tiene que haber su apoteosis predestinada. El Cid anda hacia la barrera y su mozo de espadas le da el estoque de matar, que tiene una especial punta curvada. Luego ocurre algo que no he visto nunca en 30 corridas. Los espectadores sacan sus pañuelos blancos y los agitan, pidiendo que el presidente de la plaza indulteal toro. La nobleza de Borgoñés ha sido tanto que piden que su vida sea perdonaday queviva el resto de su vida como semental. El Cid mira hacia el presidente, pero, sea por lo que sea—puede que el toro ya esté demasiado dañado para recuperarse—no está de acuerdo con el público.

El Cid vuelve a Borgoñés para el momento de la verdad, el único momento en que, si mata como es debido, el matador no puede evitar el riesgo de la muerte, no importa que bueno sea. Fue en este momento que Bailador mató a Joselito, el mejor matador que ha vivido, en el año 1920. Fue en este momento que Islero propinóla cornada mortal a Manolete, el más famoso y épico de los matadores y el heredero de Joselito, en el año 1947. Grandeza y destreza no son una defensa suficiente para el matadoren el momento de la verdad.

Menos de dos metros de Borgoñés, El Cid utilice la muleta sobre la arena para que el toro muevalas patas hasta que se juntan y se abre nlos grandes omoplatos hacia fuera. Luego, con el estoque en la mano derecha, mira a lo largo dela espada al nivel de la vista, con cada músculo tenso, en puntas de pie.Con la mano izquierda arrastrala muleta sobre la arena y enfrente de su cuerpo. Borgoñés se mueve para seguirla, y El Cid avanza, su cuerpo entero encima de y entre los pitones, tirando el estoque entre los omoplatos hasta la empuñadura. Por un instante, hombre y toro son uno, indistinguible en la luzde la noche,y el resultado no es claro—como decían los titulares sobre Manolete,“¡Mató muriendo y murió matando!” Luego El Cid sale por la izquierda del arco de los cuernos y Borgoñés sigue con su momento a la derecha de El Cid.

La espada está bien colocada. La hoja no tiene la longitud suficiente para llegar al corazón, y cuando encuentraun pulmón el resultado es obvio por la sangre que empieza a correr de la boca, pero si el matador consigue penetrar la columna vertebral el torose cae como si noqueado. Esta vez corta la aorta y el toro flaquea por un momento antes de desmoronarse. El público está de pie, dando patadas en el suelo y aclamando, pero El Cid simplemente espera, los ojos clavados al toro en silencio grave, su cara inescrutable. Este es verdaderamente lo que Kenneth Tynandescribió en su libro La ‘Fiebre del Toro’ (Bull Fever) en 1955, “la furia lenta y tristede una corrida perfecta.”

El público saca los pañuelos de nuevo, esta vez para El Cid, y mira hacia arriba. El presidente colocaun trozo de tela sobre la barandilladel balcón. Y otro pañuelo. El público se vuelve loco. El Cid ha sido premiado con las dos orejas del toro por su brillantez. Luego coloca un trozo de tela azul. El toro es premiado con una vuelta de honor del ruedo. Es extraño y a la vez apropiado ver al cadáver del toro recibir tantos aplausos como el matador mientras un tiro de mulas lo arrastran por el ruedo. Al terminar el día, cuando El Cid ha matado otro toro y ha recibido una de las orejas (ningún otro de los matadores fueron premiados), le llevan en hombros por la Puerta del Príncipe que está en la parte delantera de la plaza, el mayor honor que Sevilla puede otorgar. Dos semanas después está nombrado el triunfador de la feria por su labor de aquel día. Y Borgoñés está nombrado el mejor toro.

***

La corrida es una de las actividades más moralmente polémica de todas las actividades sancionadas legalmente del mundo occidental. Existe una larga historia de argumentos en contra de la corrida, pero el rasgomás notable de la forma moderna es que se pone del lado del toromás que del hombre. Compara el edicto del año 1567 del Papa Pío V, quien expuso que las actividades como la corrida de toros ponen el peligrolas almas de ellos involucrados, y así estarían prohibidos por cada “príncipe Cristiano”. La protesta moderna en contra de la corrida—desde la fundaciónde la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Cádiz de 1872, al famoso intento prohibir la corrida de Barcelona en el año 2004, al proyecto de ley del eurodiputado británico del Partido Laborista, Robert Evans, en enero 2007 que proponía prohibirla corrida y retirar los subsidios de los ganaderos de los toros de lidia (que ganó el apoyo de 207 de los 785 euro diputados)—ha sido preocupado exclusivamente por el bienestar del toro. Es claro que la mayoría de personas en Gran Bretaña cree que la corrida es inmoral. Pero muy por encima de 90 por ciento de la población come carne roja, y un número significante ve documentales de naturaleza, normalmente televisadosel domingo por la tarde, la hora tradicional de la corrida.

Hay algo irónico de las familias británicas que se sientan enfrente de la televisión para ver a los ñu destripados por leones en el documental de naturaleza ‘Diario de los Grandes Felinos’ (Big Cat Diary), después de disfrutar de un delicioso trozo de rosbif mientras deplorana sus primos españoles por sentarse en una plaza de toros. Después de todo, aunque las técnicas de carnear ya son más humanitarios, la mayoría del billón de animales matados cada año en Gran Bretaña todavía están criadosen granjas de cría intensiva.

Pero es demasiado fácil burlarse de la hipocresía. La corrida es muy interesante porque está situado en una línea divisoria entre lo bueno y lo malo. Más específicamente, unas corridas, por ejemplo la que describí arriba, son justificadas y otras no.La corrida de toros habita un lugar donde dos influencias morales contradictorios se traslapan: una está vinculada a la estética (que también justifica que matamos animales para comer, que en Gran Bretaña se come mayormente por el sabor más que por necesidad medicinal), la otra inspirada por simpatía, una ética utilitaria y una noción no religioso de piedad, todos que nos estimulanno causar sufrimiento a los animales por nuestro placer.

***

Soy amante delos animales de toda la vida. Crecí con gatos, perros y caballos y leí las novelas de Gerald Durrell, Richard Adams y Gavin Maxwell. Me uní al WWF antes de cumplir los 10 años y empecé mis estudios universitarios de biología en la Universidad de Oxford. ¿Y qué me persuadió ir a mi primera corrida, y en Sevilla, desde hace unos diez años cuando tenía 21 años? Pues, un amor al arte, una admiración por el coraje y un reconocimiento de la mortalidad y la cruda realidad de nuestro manejo de los animales. (Debería añadir que he visto corridas que me han horrorizado, y algunas que me han dejado preguntando si, en las palabras de Byron, es solo que “mi corazón se alegra/En venganza, se regodea en el dolor de otro.”)

El día que fui a mi primera corrida yo ya había matado y comido animales. Reconocí que incluso los animales domésticos más amados están disciplinados y restringidos por nuestro propio provecho, sin el permiso del animal; caballos están montados, perros trabajados, gatos encerrados en apartamentos pequeños. Lo más cerca que yo he llegado en encontrar alguna noción de igualdad entre animal y hombrefue durante el tiempo que pasé trabajando con simios en el Centro deInvestigación Lingüística de la Universidad del estado de Georgia: la naturaleza de los estudios requirió que los simios estuvieron dóciles para la investigación, que requiere estar en cercana proximidad física, y además, un bonobo como el famoso Kanzi tiene bíceps que miden 50 centímetros y fibras de músculo cuatro veces más densos que los de humanos. La situación en los laboratorios, refugios y bosques de la hábitat fue el proceso de negociación con un ser consciente e inteligente, que no sólo tiene más poder, pero lo tieneen manos muy poderosas.

Pero tal igualdad no es lo normal en las relaciones humano-animal. Y está reflejado en la corrida. Como escribió Ernest Hemingway en la introducción no ficticio al tópico, ‘Muerte en la Tarde’ (Death in the Afternoon), “La corrida no es un deporte en el sentido anglosajón de la palabra, es decir, no es un combate igualitario o una tentativa de combate de igual a igual entre un toro y un hombre. Es más bien una tragedia, la muerte del toro, representada mejor o peor por el toro y el hombre que participan en ella y en la que hay peligro para el torero y muerte cierta para el toro.”

Entonces, puede que la corrida sea “antideportiva,” en el sentido ancho de la palabra. Sin embargo, nadie puede negar seriamente que una lucha igualitaria entre un animal y un hombre sea grotesca y merece ser prohibida inmediatamente. (Mejorías recientes en técnicas médicas significan que menos toreros se mueren debido a sus heridas—durante la era pre-antibiótica, la cifra erauno en 25. Pero la tasa de cornadas sigue alta, de que yo soy testigo.

Un aspecto que tiene un gran efecto negativo hacia la causa de tratamiento justo es el fallo de distinguir entre las especies diferentes del reino animal en teoría, a pesar de hacerlo tan claramente en la práctica habitual. Existe una cadena natural: hormigas y chimpancés son diferentísimos con respeto a la complejidad mental y se los trata como corresponde. El toro ibérico, del subespecie Bos taurus ibericus,es un criatura sintética, genéticamente distinto de otras razas y descendiente de un encaste natural, el que fue conocido por su agresión. Sería injusto comparar la mente del toro a la de un tiburón, porque ningún tiburón muestra el nivel de agresión sistemática del toro ibérico. En tiempos pasados, la gente enfrentaríatoros ibéricosa otros animales salvajes: leones, tigres—y en una ocasión de nota, un elefante. Ningún otro animal tuvo una posibilidad de sobrevivir en estos encuentros espantosos (me repito: yo no reivindico simpatía por los espectáculos crudos, barbaros, de deporte sanguinario precedentes de la corrida). Hay relatos de sobra de toros que escaparon de los vehículos de transporte en camino a la plaza, que mataron a personas de cualquiera manerapor las calles o dentro de las casas en las que entraron.

Se han razonado quela agresión es una manifestacióndel miedo, pero esta teoría no correspondea mis propias observaciones. He visto varios toros ibéricos manifestarmiedo claramente. Estos toros “cobardes” (llamados así por la afición) no embisten, avisan antes de hacerlo, piafando ybramando, y pasen la mayoría de su tiempo que están dentro del ruedo buscando una salida. Ver uno de ellos en una corrida es una cosa horrible, y ver los intentos del matador y su cuadrilla inspirar ira en el pobre animal es ser testigo de lo que solo se puede describir comoun pecado. Incidentescomo estos sí ocurren, a pesar de que los toros están “tentados” a la edad de dos años y divididos en grupos estimados apropiados para lidiar o no.(Los del último están criados para carne de la manera usual). Sin embargo, no es posible saber si un toro tiene coraje hasta que entre en el ruedo, y así que unas corridas son, para mí, “injustificadas.”En aquellas corridas, el matador se ha hundido al nivel de un “asesino”(un ‘matador’ es uno que ‘mata’, pero este es un halago por que significa que mata conforme a las leyes y tradiciones; matar bien. Llamarle un asesino es decir que fracasade todas maneras.)Afortunadamente, en algunas ocasiones he visto al presidente del ruedo morder el polvo proverbialy señalar que entren los cabestros. El momento que la manada entra en el ruedo, el toro baja la cabeza, se reincorpora con ellos y deja que lelleven a la salida. Pero este es poco común, porque los espectadores han pagado para ver seis toros lidiados, así que un substituto tiene que ser proveído, que cuesta hasta 45,000 euros por toro.La decisión no es poco cosa.

Por supuesto, son los aspectos económicos que dirigen la corrida y quehan dictado el curso de la historia, como está explicado en el estudio realizado por Adrian Shubert en 1999, ‘Muerte y Dinero en la Tarde’ (Death and Money in the Afternoon). La corrida fue formalizada en la cultura española del siglo 18 como una medida de recaudar dinero para los pueblos y varias instituciones, e incluso la iglesia. Las plazas de toros más grandes fueron los primeros anfiteatros construidos de esta escala desde la época de los romanos—más de unsiglo antes de quelos británicos construyeron sus estadios de fútbol. Los matadores fueron los primeros superestrellas del deporte, con sus agentes, managers y empresarios. Hoy en día una figura puede cobrar hasta 60,000 euros por cada tarde, tanto comola fama relacionada.

En cuanto al toro, yo noafirmoque no sufra, aunque podemospercibir porsu comportamiento que, particularmente mientras está lanzadopor el picador, la adrenalina que corre la sangre aliviael dolor hasta cierto punto.Yo no sé de ninguna otra raza de toro, ni menos otra especie de mamífero, que embestirá una y otra vez hacia la lanza, lo único que le salva es el traves año. Yo casi estaría de acuerdo con Juanjo Urquillo, un veterinario de la plaza de toros más grande en Madrid, que dijo hace unos años, “Lo único que me afecta es cuando un toro está mal tratado por un hombre… El hombre tiene una responsabilidad al toro, torear lo expertamente. Y en una corrida buena, el toro no siente dolor.”

Vale la pena notar que,en la tierra de nadie entre el bien estar de animales y los aspectos económicos, Borgoñés tenía por lo menos cuatro años, como todos los toros que se enfrentan alos matadores, y que se creció en una manada en el campo abierto. Considerando que un número alrededor de 37,000 toros se mueren en las plazas de toros españolas, debe haber cientos y miles de reses ibéricos que viven en condiciones idílicas por toda España, y está pagada por la industria taurina. Si comparamos con la crianza del ganado vacuno de carne en Gran Bretaña y el hecho de que todos son matadosa la edad de entre uno y dos años, uno se preguntasi los 15 minutos en el ruedo es un precioque merece la pena por la vida que han pasado los toros. Y por supuesto, la raza ibérica realmente no es utilizable para otra cosa, así que prohibir la corrida resultaría en la extinción de la raza.

Y aquí llegamos al fondodel asunto: la cuestión de los derechos de animales. Yo no creo que los animales tengan derechos en el sentido estricto y éticode la palabra. Si los tuvieron, tendrían el deber de mantener aquellos derechos por ellos mismos, que es una noción risible.También seguiría que nosotros tendríamos el deber deprevenir que el león mata al ñudel ‘Diario de los Grandes Felinos’ (Big Cat Diary), que sería un acto obsceno. Sin embargo, si uno crea que atribuir derechos a los animales es una tontería,“no seguiría,”citando el libro de Roger Scruton de 1996, ‘Los Animales y el Hombre’ (Animal Rights and Wrongs), “que podemos tratarlos como queramos. Puede que sigue siendo el caso… que ciertas maneras de tratarlos sean depravadas y que existen otras maneras correctas, que una buena persona contemplaría.”

Y ahora viene la pregunta clave sobre si el nivel de sufrimiento infligido al toro está justificado por el placer puramente estético de la corrida. Y es verdad que es un placer estético, porque la corrida es una modalidad artística. La pompa y ceremonia, la estructura rígida combinada con la posibilidad de improvisación por un artista individual, el atractivo emocional que no es simplemente el destello chillón del espectacular del circo, ni una admiración de valentía, pero algo mucho más fundamental y trágico. El único elemento que distingue la corrida de cualquier otro arte dramáticoes el riesgo singular del artista, y el requisito intrínseco de la muerte del animal. Como Hemingway describe en su libro ‘El Verano Peligroso’ (The Dangerous Summer): “todo hombre puede enfrentarse a la muerte, pero comprometerse a hacerlo todo lo cerca posible, mientras se ejecutan movimientos clásicos una y otra vez y luego repartir la muerte tú mismo, con un sable, ante un animal de media tonelada que uno ama, es más complicado que enfrentarse a la muerte. Es enfrentarse a tu actuación como un artista creativo todos los días y la necesidad de hacer el papel de un matador diestro.”

Sin importar sila calidad artística supera la cuestión moral del sufrimiento del animal es algo que cada persona debe decidir por su mismo—como deben decidir si el sabor de un bistec justifica la muerte de una vaca. Pero si ignoramos la posibilidad de que uno supera el otro, nos encontramos acusados de autoengaño e incoherencia en el manejo de animales.

Posdata:Este artículo fue escrito desde hace casi dos años cuando yo sabía relativamente poco sobre la corrida de toros. Lo siento para los errores.

Copyright Alexander Fiske-Harrison Septiembre 2008
Traducido por Lucy Burman.

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