Acabo de regresar de la Corrida Goyesca en la Feria de Pedro Romero de Ronda, donde Mephisto Producciones estaba filmando Cayetano Rivera Ordóñez para nuestro documental sobre el mundo de los toros.

Yo estaba dirigiendo nuestros tres cámaras en el callejón, que es donde estoy en el traje oscuro en la iPhone foto de nuestro asistente de producción, que estaba con nuestra cámara en la gradas. Estoy aplaudiendo Cayetano cuando toma un poco de arena de la plaza a besar, que acaba de ser galardonado con dos orejas de su segundo toro, excelente. Es notable que las cenizas de su abuelo Antonio Ordóñez se mezclan con la arena.

Cuando, esa noche, en lugar de aceptar su invitación para unirse a las celebraciones con su familia, salí de Ronda con el equipo de la película, pensé en mis amistades en España desde el mundo de los toros (mi cuenta de de ir a la fiesta de Cayetano, después de su triunfo en Ronda cuando yo estaba con él en el año 2009 es en el capítulo 16 de mi libro Into The Arena – disponible en Amazon del Reino Unido aquí, o la versión electrónica aquí – lamentablemente sólo en Inglés hasta encontrar una editorial española).

¿Qué me hizo pensar en mi amigo Adolfo Suárez Illana, del que el diario Expansión español, dijo recientemente en su artículo sobre mi libro:

“Suárez ‘torero’ y el 23-F

Adolfo Suárez Illana, hijo del expresidente del Gobierno español, queda retratado en el libro como un excelente matador de toros aficionado. Además de compartir varios tentaderos con Alexander Fiske-Harrison, Suárez Illana relata en el libro la afición taurina de su padre, quien también mató toros en su juventud.

Y explica cómo esa experiencia pudo influir en la actitud estoica del entonces presidente cuando un grupo de guardias civiles asaltó el Congreso en el golpe del Estado del 23 de febrero de 1981. “¿Cómo aguantó sentado mi padre? Nunca había sido soldado. Pero cuando te has enfrentado a un toro, sabes que los disparos de un arma se convierten en una cosa más que puede matarte, y no la más terrible”. Según Suárez Illana, “bailar a muerte con un toro, que eso es torear, tiene una verdad incontestable tras de si: la muerte. Pero la esencia no es la muerte, sino el arte: esa capacidad del hombre para crear sentimientos en el albero”.

Estas últimas palabras de Adolfo fueron tomadas de una carta que me escribió que yo había esperado para traducir y utilizar en los dos capítulos de mi libro que abarcará la formación con él en la finca de su suegro, Samuel Flores, y unirse a su equipo para su festival en el que lo ve toreando en la foto de abajo (estoy en el callejón a la izquierda.)

Querido Hermano en Armas y Letras:

Enfrentarse a un toro en un ruedo dispuesto a matar y a morir, tiene mucho de ambiente y de educación. El criarse en un país donde eso ocurre y es admirado en casi todo el mundo influye mucho, pero no es definitivo. Si así­ fuera, todos los españoles seríamos toreros -cosa que dista mucho de ser cierta- y ningún extranjero, criado en su país, podría serlo -cosa que tú mismo te has encargado de desmentir-. Es cierto que el arte de los toros tiene una enorme carga de tradición, como también la tiene de atavismo o incluso de inconsciencia, pero todo eso y mucho más, no es sino parte del adorno que envuelve a este arte.
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