Una carta de mi Hermano en Armas y Letras

septiembre 6, 2011

Acabo de regresar de la Corrida Goyesca en la Feria de Pedro Romero de Ronda, donde Mephisto Producciones estaba filmando Cayetano Rivera Ordóñez para nuestro documental sobre el mundo de los toros.

Yo estaba dirigiendo nuestros tres cámaras en el callejón, que es donde estoy en el traje oscuro en la iPhone foto de nuestro asistente de producción, que estaba con nuestra cámara en la gradas. Estoy aplaudiendo Cayetano cuando toma un poco de arena de la plaza a besar, que acaba de ser galardonado con dos orejas de su segundo toro, excelente. Es notable que las cenizas de su abuelo Antonio Ordóñez se mezclan con la arena.

Cuando, esa noche, en lugar de aceptar su invitación para unirse a las celebraciones con su familia, salí de Ronda con el equipo de la película, pensé en mis amistades en España desde el mundo de los toros (mi cuenta de de ir a la fiesta de Cayetano, después de su triunfo en Ronda cuando yo estaba con él en el año 2009 es en el capítulo 16 de mi libro Into The Arena – disponible en Amazon del Reino Unido aquí, o la versión electrónica aquí – lamentablemente sólo en Inglés hasta encontrar una editorial española).

¿Qué me hizo pensar en mi amigo Adolfo Suárez Illana, del que el diario Expansión español, dijo recientemente en su artículo sobre mi libro:

“Suárez ‘torero’ y el 23-F

Adolfo Suárez Illana, hijo del expresidente del Gobierno español, queda retratado en el libro como un excelente matador de toros aficionado. Además de compartir varios tentaderos con Alexander Fiske-Harrison, Suárez Illana relata en el libro la afición taurina de su padre, quien también mató toros en su juventud.

Y explica cómo esa experiencia pudo influir en la actitud estoica del entonces presidente cuando un grupo de guardias civiles asaltó el Congreso en el golpe del Estado del 23 de febrero de 1981. “¿Cómo aguantó sentado mi padre? Nunca había sido soldado. Pero cuando te has enfrentado a un toro, sabes que los disparos de un arma se convierten en una cosa más que puede matarte, y no la más terrible”. Según Suárez Illana, “bailar a muerte con un toro, que eso es torear, tiene una verdad incontestable tras de si: la muerte. Pero la esencia no es la muerte, sino el arte: esa capacidad del hombre para crear sentimientos en el albero”.

Estas últimas palabras de Adolfo fueron tomadas de una carta que me escribió que yo había esperado para traducir y utilizar en los dos capítulos de mi libro que abarcará la formación con él en la finca de su suegro, Samuel Flores, y unirse a su equipo para su festival en el que lo ve toreando en la foto de abajo (estoy en el callejón a la izquierda.)

Querido Hermano en Armas y Letras:

Enfrentarse a un toro en un ruedo dispuesto a matar y a morir, tiene mucho de ambiente y de educación. El criarse en un país donde eso ocurre y es admirado en casi todo el mundo influye mucho, pero no es definitivo. Si así­ fuera, todos los españoles seríamos toreros -cosa que dista mucho de ser cierta- y ningún extranjero, criado en su país, podría serlo -cosa que tú mismo te has encargado de desmentir-. Es cierto que el arte de los toros tiene una enorme carga de tradición, como también la tiene de atavismo o incluso de inconsciencia, pero todo eso y mucho más, no es sino parte del adorno que envuelve a este arte.

Pero me preguntas ¿por qué mato toros? Es evidente que todo torero, para llegar a serlo, necesita de la archifamosa potencia aristotélica€. Es decir, de ese conjunto de capacidades, de condiciones que le permitan poder llegar a ser. Y es precisamente con ese conjunto de condiciones con las que sí se nace, y quien con ellas nace, podrá decir que se siente torero€. Pero como bien sabes, casi todos los españoles nacemos con esa €potencia€ recorriendo nuestras venas, aunque la mayor parte de las veces se queda en ese deseo de haber sido yo el que figura en ese cartel€ y se manifiesta en las calles aledañas de cualquier plaza de toros, tras una gran corrida, en lances y muletazos al viento dados por los aficionados con chaquetas, pañuelos, periódicos, almohadillas y cualquier cosa que sirva para revivir las hazañas protagonizadas por sus héroes pocos minutos antes.

No te puedo transmitir lo muchísimo que disfruto ejecutando y viendo ejecutar ese toreo al viento€, ni lo importante que me resulta, pues él encierra un sentimiento íntimo: el deseo de todo un pueblo que trasluce su profunda admiración por esa forma de creación artística.

Pero siendo importante todo eso, para poder decir que eres€ torero como tú lo eres, esto es, vivir en primera persona esas hazañas, necesitas actualizar esa potencia€ con la que naces; es decir, convertir esas posibilidades, ese muletazo al viento, en realidades; en un muletazo desmallado, lento, bajo y profundamente sentido a un Samuelón que acabe poniendo en pie al público de cualquier plaza. Y eso solamente se consigue con un esfuerzo ímprobo y continuado. Con una enorme constancia y una gran capacidad de sufrimiento. Es decir, el torero de verdad se HACE y necesita tiempo.

Nos encontramos pues ante dos cuestiones distintas. Por un lado tenemos el sentimiento, el deseo que puede anidar en el corazón de cualquiera. Por otro, la materialización de ese deseo en hechos a través de una voluntad comprometida, que solo poseen los hijos del esfuerzo.

Por eso, parafraseando a mi admirado tocayo Gustavo Adolfo Bécquer, podríamos decir que: €¡podrá no haber toreros, pero siempre habrá torería!€. Porque la torería es aquello que subyace en todo lo que toca y mira quien se siente torero, pero solo será digno de tal nombre quien, recogiendo todo ese bagaje centenario de torería, asuma el riesgo, ponga todo su empeño y esfuerzo y se presente ante los demás en una plaza dispuesto a desarrollar el espectáculo más singular de toda la tierra: bailar a muerte con un toro. Pero no de cualquier manera, sino cumpliendo las grandes exigencias artísticas, técnicas y ganaderas que hacen que ese espectáculo sea verdaderamente excepcional y digno de reconocimiento.

Bailar a muerte con un toro, que eso es torear, tiene una verdad incontestable tras de si: la muerte. Pero ello no es sino la dificultad que la hace única y que impide a aquellos que no están dispuestos a morir ser parte protagonista de esta manifestación artística ancestral, centenaria y mítica. Pero la esencia no es la muerte, sino el arte: esa capacidad del hombre para crear sentimientos en el albero al hilo de una coreografía inmediata, brillante, efímera y exclusiva bailada sobre la cuerda floja que se tiende entre los dos pitones de un toro bravo.

Les puedo asegurar que esa sensación de dependencia de ti mismo en soledad, tan inmediata, vital y de prestigio, que sientes en un plaza ante un toro bravo, es única, atenazante, estimulante, embriagante y… cuando logras domeñar todos los elementos que en ese ruedo concurren, es una sensación dulce, muy, muy dulce. Siempre digo que en el momento del embroque entre toro y torero hay una campana de sueños y esperanzas que cae sobre ellos atrapándolos y ralentizando el tiempo. Mientras el toro pasa pegado a tu vientre y la gente contiene la respiración esperando el triunfo, tu deseas con toda tu alma que aquellos segundos “worth of distance run” no acaben nunca…

Esto es lo que siento cada vez que me pongo delante de un toro, además de la responsabilidad de dejar bien alto el apellido que tengo el honor de llevar. Eso es lo que me llevó el día de Castellón a pedir un segundo toro ante las nulas posibilidades que me brinó el primero. Nada me lo exigía. Nada que no fuera mi vergüenza torera y mi deseo de complacer a un público que había esperado mucho para verme torear. Quiso Dios que ese segundo toro me brindara la oportunidad de triunfar y acompañar a mis compañeros de cartel por la puerta grande. El triunfo, en este arte, la mayor parte de las veces se encuentra escondido y solo es capaz de encontrarlo quien se entrega de forma absoluta… una vez más, para ganar, es necesario arriesgar mucho. Usando palabras de mi muy admirado Kipling solo alcanzarás el éxito …”If you can make one heap of all your winnings/And risk it all on one turn of pitch-and-toss”… Si pierdes deberás empezar de nuevo “with worn-out tools” y, si alcanzas el triunfo, tratarlo como a un impostor.

Y llegados a este punto, quizá sea el momento de contestar a la última de las preguntas que me haces: ¿Vas a continuar? Pues si, continuaré siendo torero hasta el final de mis días y seguiré practicándolo contigo a puerta cerrada mientras las fuerzas me acompañen. También continuaré en mis hijos. Ya he puesto la semilla en ellos y se han enfrentado este verano a su primera “mamoncita”. Pero todo tiene un final que es necesario aceptar. Como bien sabes, tengo un compromiso con nuestro común amigo Padilla para matar un toro con él el día de su despedida, pero fuera de eso, yo ya me he retirado de los ruedos. Mi trayectoria pública ha terminado. En este mundo de los toros el final lo puede elegir el público, el toro o tú mismo y creo que es altamente recomendable que seas tú quien decida una fecha tan importante y que, con un poco de suerte y ese dedo mágico de Dios que a mi siempre me ha acompañado, sea con un triunfo.

Querido Xander, es para mi un honor compartir contigo estas páginas… y un orgullo. Para que fuera realidad, dos hombres ajenos al mundo de los toros tuvieron que soñar con algo casi inalcanzable, pero que consiguieron a base de esfuerzo. Como español te agradezco profundamente tu compromiso con nuestra cultura y la defensa que haces de ella. Como compañero de “armas” te respeto profundamente y deseo que nos encontremos muy pronto, una vez más, en el ruedo.

Un gran abrazo,

Adolfo Suárez Illana

Un interesante conjunto de pensamientos a la luz de lo que está punto de ocurrir en Barcelona. A continuación es una foto de la última vez que estuve en el ring con Padilla y Adolfo.

Autor, Juan José Padilla & Adolfo Suárez Illana (Foto: Nicolás Haro)

2 comentarios to “Una carta de mi Hermano en Armas y Letras”

  1. Adolfo said

    ¡Muchas gracias Hermano!

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